publicado en agosto 23, 2010 14:54

El pasado 25 al 31 de julio la Juventud Femenina y Masculina emprendimos nuevamente la Misión Ver Sacrum, con ánimo y esperanzas renovadas de lograr hacer una diferencia por más pequeña que fuera.
El destino elegido fue Lobería, localidad ubicada a aproximadamente 180 km de Mar del Plata. El domingo, llegamos a la Escuela nº3 30 chicos de 16 a 25 años, algunos ya con varias misiones encima y muchos otros sin saber por qué o para qué estaban ahí. Esa misma noche, se sumaron al grupo misionero dos chicas del pueblo que nos acompañarían a lo largo de toda la semana.
Al día siguiente, salimos en parejas a visitar las casas de Lobería enviados por la Mater, confiados en que Ella es la gran misionera y que obraría milagros. Así fue: Ella nos abrió las puertas de las casas y corazones del pueblo.
Todas las tardes, antes de la Misa que a las 18.30 celebraba el Padre Beltrán en la Capillita del Espíritu Santo, organizamos talleres de Niños y Jóvenes, mientras que otro grupo de misioneros partía rumbo al Asilo a visitar a los abuelos. Allí nos chocamos con una realidad muy dura y que escapaba de nuestras manos. Sabíamos que quizá lo único que podíamos regalarles era nuestra sola compañía, pero la alegría en los ojos de muchos que apenas si podían hablar como María, los chistes de Charito, la carta de despedida de José, los mates con Morocha o las charlas con Anita, demostraron cuánta alegría podíamos darles – y recibir – simplemente con estar ahí.
Antes de llegar al pueblo, el párroco del lugar – Padre Julio – nos había advertido de la compleja situación en la que se encontraban los jóvenes, por lo que no esperábamos que hubiera mucha convocatoria. No obstante, nos sorprendió encontrarnos con 15 chicos en cada encuentro; 15 chicos con quienes compartimos mates, risas y partidos de truco, y quienes, a pesar de ser algo distantes en los primeros días, fueron dejando que poco a poco la Mater los transformara.
Quizás no sea muy grande la huella que dejamos en el pueblo, pero estoy muy segura que no habría sido posible transmitir alegría, esperanza o deseos de cambiar si nosotros no hubiésemos sido primero una comunidad unida y alegre, con los pies firmes en la tierra pero los ojos siempre en el cielo.
Nos sabemos parte de la Generación Bicentenario que arde por Ella, por Dios y por la Patria. Esa generación consciente de que el cambio comienza primero en cada uno, de que nuestra tarea recién empieza…
Una generación que quiere ser protagonista HOY para construir juntos un MAÑANA, UNA ARGENTINA NUEVA.
Sofi Viñas
